HOJA PARROQUIAL OBISPO

Clausura del Año Mariano del Lledó

casimiroQueridos diocesanos:
Hace un año comenzábamos el primer Año Mariano del Lledó con una Misa Estacional en la Basílica y el traslado de la Virgen a la Con-catedral de Santa María. Este domingo, tres de mayo, lo clausuramos con una Solemne Misa Pontifical, presidida por el Sr. Nuncio de Su Santidad en España y la procesión vespertina.
Si hacemos valoración de este Año Mariano, creo poder afirmar que ha sido en verdad un tiempo de gracia de Dios que nos ha de ayudado a convertirnos más a Dios de manos de María. Fueron, en efecto, innumerables los que se acercaron hasta la Con-catedral de Santa María para orar a la Mare de Déu María y participar en las Eucaristía y en los distintos actos de aquellos inolvidables días. E innumerables también fueron quienes, llevados por su amor maternal, se reconciliaron con Dios, con la Iglesia y con los hermanos en el Sacramento de la Penitencia. Otros muchos, individualmente, en grupos o con sus parroquias, han visitado a lo largo del año a la Virgen en su Santuario. De manos de María nos hemos encontrado con el Hijo y así hemos podido redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos al Hijo de María vemos a Dios. 
María nos ha enseñado que la tarea más urgente de nuestra Iglesia y de los cristianos en este momento es afirmar y proclamar a Dios y su grandeza en un mundo que quiere vivir de espaldas a Dios. Y nos ha enseñado a hacerlo como ella lo hizo, de palabra y con hechos, y con la certeza de que así afirmamos y servimos al hombre. Ella nos ha enseñado a abrir nuestro corazón a Dios en Cristo; abrirnos a su amor, a su gracia, a su presencia en nuestra vida. La Mare de Déu nos ha mostrado el camino para abrir las ventanas cerradas de nuestro corazón a Cristo y a su Evangelio, para que su luz pueda brillar entre nosotros, para que haya espacio para la presencia de Dios en nuestras vidas pues allí donde está Dios nuestra vida resulta luminosa, incluso en la fatiga de nuestra existencia. Nuestra Iglesia -no lo olvidemos- existe para que Dios, el Dios vivo, sea reconocido y dado a conocer, para que el hombre pueda vivir ante su mirada, en su presencia. La Iglesia existe, como María, para dar testimonio de Dios, de su Hijo Jesucristo y de su Evangelio y llevar a los hombres a Dios en Cristo, fuente de su libertad, fundamento de su verdad, razón última de nuestro ser y de nuestra esperanza.
Sigamos mirando, contemplando y rezando a María, la Mare de Déu del Lledó. Ella fue enteramente de Dios y vivió para Dios. Ella fue la fiel esclava del Señor que se plegó enteramente a la voluntad de Dios. A ella hemos de acudir en todos los momentos de nuestra vida, y, en especial, en los momentos de debilidad o de dificultad, de dolor o de aflicción, pero también en los momentos de alegría o de alivio. Como una buena madre, María nos lleva a su Hijo. Estamos en el ‘destierro de la vida’, estamos peregrinando hacia la plenitud. María nos acompaña siempre. Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacía la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana. ¡Que la Mare de Déu nos proteja y ayude a vivir como Ella!

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