HOJA PARROQUIAL OBISPO

Paz y probeza

 

casimiro

Queridos Diocesanos:

Los cristianos comenzamos el año celebrando la Jornada Mundial por la paz, el día 1 de Enero. Ante la tentación de considerar la paz como una utopía inalcanzable, hay que afirmar que la paz es posible, necesaria y apremiante. En la situación actual se hace más urgente, si cabe, la oración sincera y el compromiso efectivo por la paz. A esto nos llama el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada de este año, titulado: ‘Combatir la pobreza, construir la paz’.

 

A nadie se le escapa que la situación de pobreza de poblaciones enteras acaba teniendo repercusiones negativas sobre la paz de todos. «La pobreza -dice el Papa- se encuentra frecuentemente entre los factores que favorecen o agravan los conflictos, incluidas la contiendas armadas. Estas últimas alimentan a su vez trágicas situaciones de penuria». Como ya dijo Juan Pablo II es una seria amenaza para la paz en el mundo el hecho de que muchas personas, es más, poblaciones enteras vivan hoy en condiciones de extrema pobreza. La desigualdad entre ricos y pobres se ha hecho más evidente, incluso en las naciones más desarrolladas económicamente. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad, puesto que las condiciones en que se encuentra un gran número de personas son tales que ofenden su dignidad innata y comprometen, por consiguiente, el auténtico y armónico progreso de la comunidad mundial.

En el mundo global actual aparece con mayor claridad que solamente se construye la paz si se asegura la posibilidad de un crecimiento razonable. La globalización, por sí sola, es incapaz de construir la paz; más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización ha de estar orientada hacia una profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y de cada uno; si es así se convertirá en una ocasión propicia en la lucha contra la pobreza en el mundo.

Para todo cristiano, la primera acción en favor de la paz es la oración, porque la paz es un don del amor de Dios. Jesús, el Príncipe de la Paz, es quien puede dar la auténtica paz al corazón del hombre y a los pueblos de la tierra. Esta paz es mucho más que la paz externa, social o política, la convivencia pacífica y respetuosa, o la simple ausencia de agresiones o de conflictos. La paz de Cristo es el sosiego interior, que nace de una buena relación con Dios, con uno mismo, con las personas cercanas y lejanas, con los pueblos de la tierra y con la creación misma. Una paz así se nos escapa sin la ayuda de Dios, si no adquirimos los sentimientos que El tuvo.

La paz se construye sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad: son los cuatro pilares sobre los que descansa la paz (Juan XXIII). Hay que promover la verdad, para ser rectos y honrados en el pensamiento y en la acción. A la verdad ha de unirse el compromiso por la justicia que pide el respeto exquisito de la dignidad y derechos inviolables de todos. Pero no se puede construir la paz en el mundo sin amor sincero y compromiso desinteresado. La justicia por sí sola no podría asegurar la paz al mundo. La verdadera paz florece cuando en el corazón se vence el egoísmo y el afán desmedido de lucro, dando paso a la solidaridad y al compromiso efectivo.

Con mi afecto y bendición,

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